sábado, 8 de enero de 2011

Biopark

Como regalo de Reyes, More me trajo una entrada al Biopark de pase anual. La llaman entrada Berde, y cada vez que lo leo me sagran los ojos. Pero esa es otra historia.
Cuando mi madre lo supo, hizo lo imposible para poder ir, pues siempre había querido pasarse. Finalmente acabamos yendo con mis padres y con Pablo. No he hablado de él todavía en el blog, pero es que tampoco he actualizado con mi vida social reciente. Tengo que hacerlo más a menudo.

Bueno, Pablo es un biólogo que recientemente juega con nosotros a Leyenda de los 5 Anillos, la partida de Tybalt. Nos lo presentó él. Bueno, no es biólogo, está estudiando, pero como si lo fuera. Es un friki de los animales, como nosotros, por eso hemos conectado tan bien.
El caso es que él también tiene un pase anual, y vino para explicarnos cositas de los animales, rollo visita guiada. Fue muy divertido.
Y aquí vienen las fotos.

Esta fue la primera parada: Los flamencos. Tienen ese tono rosado por comer un tipo de crustáceo que, por decirlo de alguna manera, "destiñe". Son monísimos.

Lástima que el fondo en las fotos no se vea muy bien. Al fondo hay dos hipopótamos pigmeos durmiendo la siesta, varios "antílopes" o algo así, de los que no recuerdo el nombre y creo que algunos monitos. En este espacio estaban los driles y otro tipo de monitos. Había un dril mamá y un dril bebé, que no se separaba de ella. Más cucos.
Un cocodrilo del Nilo, parecía que un hipopótamo le hubiese caído encima. Daba muy mal rollo, era gigante, y según More, podía hacerse aún más grande.
Un potamoquero, me encantan porque tienen orejas de duende.

Al león se le escucha rugir por todo el parque. Está un poco escuálido, tiene pinta de ser un león un poco viejete, pero el rugido es impresionante. Mientras mirábamos las jirafas lamer y podar el césped de su alrededor, una de ellas comenzó a lamerle la crin a la más vieja. Fue raro, asqueroso y divertido, porque se la dejó verde clorofila y tiesa como la cresta de un punk.

La última parada fueron los lemures, que están sueltos dentro de un recinto pequeño. Son lo mejor del mundo, más monos. Está prohibido tocarlos, por razones obvias. Pero no me pude contener y le acaricié suavemente la punta de la cola a uno que estaba de espaldas a mí. Sólo fue un segundo y muy suavemente, para no transmitirle mi olor y que el resto de la manada lo rechazara. Pero pude apreciar lo suave que está. Son tan cucos.
Lo que puedo sacar de la visita es que me muero por trabajar allí. Si mi verdadera vocación, de toda la vida, ha sido trabajar con animales. Lo que pasa es que las letras me pierden.

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