John me seca alguna lagrimilla rebelde que se me ha escapado por el rabillo del ojo con los dedos tiernamente. Tiene pintura seca entre las uñas, pero ese detalle tan característico me encanta.
Pacientemente, sin mediar palabra, me mira con sus hermosos ojos pardos, esperando que decida si continuar la historia o no.
-Creo que voy a hablar de cómo conocí a mi padrastro -digo, mientras me retoco la permanente con los dedos y me tumbo boca arriba, dejando que su cabeza descanse sobre mi pecho- ¿Te acuerdas? Carlos. Empezó una semana en la que nos fijamos en que mi madre estaba en el ordenador más que de costumbre. Concretamente, escribiendo siempre en una página de word, mascullando y dándole fuerte a las teclas, como cuando algo no le sale bien. Incluso volvía antes del trabajo (cosa que casi nunca hacía, le gustaba quedarse a terminar de corregir examenes o deberes en el mismo centro porque odiaba traer trabajo a casa), nosotras estábamos totalmente intrigadas. Nos daba el cariño justo para pasar el día y au, incluso se olvidó de ir a recoger a Clara en colegio en repetidas ocasiones, pues sólo recogía a Layla y volvía enfilada hacia casa. A nosotras nos llenaba de curiosidad y desconcierto, así que una noche que se acostó (bastante tarde, por cierto), fuimos al ordenador y tratamos de encenderlo para ver en qué estaba trabajando tan afanosamente, pero ¡había puesto una clave! Nunca en la vida había hecho aquello, pues nos lo contábamos todo, era tan extraño. Decepcionadas y algo molestas, Inés y yo regresamos a nuestras camas para dormir, todavía cuchicheando con el resto de hermanas la aventura que habíamos tenido en el salón tratando de encontrar la contraseña correcta.
Al cabo de una semana tuvimos una respuesta. Por lo visto se iba a celebrar un concurso de novelas cortas en Madrid, en el Café Gijón, y después de pensarlo mucho, ella había decidido participar. Por fin el misterio estaba resuelto, y de qué manera más genial. La felicitamos, le dimos múltiples abrazos y besos y nos dio la novela para que la leyéramos. A todas nos gustó muchísimo, así que la animamos a que acudiera rauda y veloz a Madrid a participar.
Pasamos el resto de la semana con los preparativos para el viaje y retocando y corrigiendo la novela, alguna expresión de allí, alguna contradicción allá...
Y, como por arte de magia, por fin el gran día llegó y mi madre, acompañada por mí y por Inés (que aprovechó para visitar a su novio cibernético, un chico que vivía allí) tomamos un tren para ir a la Capital. Mi madre durmió durante las tres horas de viaje a pierna suelta, despertando sobresaltada de tanto en tanto, pues soñaba que iba con el vestido que se había comprado para la ocasión y se le arrugaba de estar sentada.
Al llegar fuimos al hotel, dejamos las maletas, nos cambiamos mi madre y yo (Inés prefirió continuar con sus pantalones rotos y su camiseta de System of a Down, aunque, cuando creía que no mirábamos, se puso espuma en el pelo y un poco de brillo en los labios) y cogimos un taxi para el café.
Por la calle la gente casi se detenía a mirarnos, pues una jovencita oriental vestida al más puro estilo de Betty Page, una mujer de mediana edad vestida como una dama victoriana y una adolescente con cadenas y pinchos llaman mucho la atención vayan donde vayan. Todas muy guapas, eso sí. No te rías, John, antes de que muriera mi madre, cuando íbamos de picnic al río, la gente nos hacía hasta fotos a la familia entera.
Bueno, pero no me interrumpas que pierdo el hilo, joder ¿por dónde iba? Ah sí, el Café Gijón. Todavía no había empezado el concurso, así que mi madre pedió un batido de fresa para ella, Inés pedió una cocacola y yo un granizado de limón para ir matando el rato. De pronto alguien se movió unas mesas más allá y mi madre, escudriñando con la mirada, de pronto abrió mucho los ojos, se levantó, y avanzó con rapidez hacia el hombre que había hecho aquel gesto. Lo reconocí como un poeta famosillo, había publicado algo y mi madre escudriñaba sus novelas de cabo a rabo, buscando "la tierra", como un día me confesó. No entendí el significado de aquella extraña frase hasta un par de años más tarde.
Aquel hombre era miembro del jurado del concurso y llevaba un niño un par de años más mayor que Layla en el regazo, que se entretenía jugando con dados de rol. O sea, un poeta friki, pensaba que mi madre era la única dedicada a las letras que jugaba a rol.
Después de que intercambiaran algunas palabras, el niño y su padre se acercaron a nuestra mesa cogiendo algunas sillas libres por el camino y sentándose junto a nosotras. En seguida mi madre, entusiasmada, empezó con las presentaciones:
-Esta es mi hija antes llamada Xiao Yi Si, ahora Isabella, que ha venido para darme apoyo moral. -Le di dos besos suavemente, para no dejarle marcado el lápiz de labios en la mejilla, y luego le revolví el pelo al pequeñín, que me miró ofendido.- Y mi otra hija, Inés, que tendría que haber venido para apoyar a su madre, pero prefiere quedarse con el novio -Inés enrojeció mientras le daba un sorbo a la cocacola y les saludaba con un gesto de la mano. -Chicas, este es Carlos, fue mi novio durante parte de mi adolescencia.
Al escuchar aquella aclaración, Inés tosió la cocacola que se le había atravesado en la garganta y yo me limité a quedarme boquiabierta mientras el niño me tiraba del brazo para mirar mis tatuajes más de cerca.
OUT/ Para ver el post que le precede, aquí. ¡Espero que os guste!
jejejeje parece que inspiro no? ^^
ResponderEliminarEsta familia es muy adictiva… Daría seguro para más de un libro, eh?
ResponderEliminarMe encantan los dos capítulos :D
Bueno xD de momento estos capitulitos sueltos me vienen genial para ir sabiendo qué aire darle a la novela, y quizá los utilice también xD
ResponderEliminarGracias =D